historias de terror
historias de terror en Ontario, sin duda alguna, es un lugar lleno de tesoros naturales, lugares históricos y leyendas que te darán escalofríos.
Las ciudades en Ontario, principalmente Toronto, han albergado a millones de personas que su paso en esta vida han dejado su esencia en casas, caminos, puentes, túneles y calles; así que, toma asiento, y disfruta de algunas historias de terror que nuestra provincia tiene. Bienvenidos sean los habitantes de la noche.
Ivan Reznikoff
Las últimas clases del día van concluyendo en la Universidad de Toronto, los investigadores dejan sus cubículos y uno que otro alumno se queda más tiempo de lo necesario entre los pasillos.
Al cruzar por la puerta de Croft Chapter House y voltear distraídamente al celular para no ver las gárgolas que vigilan tus pasos; te das cuenta de que no puedes respirar. Algo invade tu pecho, te comprime las costillas.
Tras de apresurar el paso, pero no puedes, sientes como si algo se clavará en tu espalda. “No está pasando” caminas más rápido; hasta que llegas a un lugar donde el dolor del pecho se calma, la sensación de ansiedad termina y volteas para quebrarte en llanto al ver que estás solo.
Bueno, todo esto tiene una explicación. Ivan Reznikoff, es el nombre de un trabajador que fue asesinado en 1850 por su compañero Paul Diabolos.
La noticia corrió por los diarios y lentamente se desvaneció de la memoria colectiva hasta el incendio de 1890, donde el fuego dejó al descubierto un cuerpo descompuesto.
Tras 40 años de descomposición, todavía se podía ver daño en la columna vertebral de un hachazo, de la misma forma en que los periódicos aseguraron que Paul había matado a su compañero.
Desde ese momento y hasta la actualidad las leyendas de alumnos trasnochados en el campus, seguridad e intendencia aseguran experimentar sensaciones de odio, miedo, ansiedad o angustia; combinados con una presión en el pecho, para terminar en un llanto profundo.
Otros tantos han visto a un hombre deambular por las escaleras, lugar donde se encontró el cadáver, como si estuviera extraviado.

El túnel
“Mi papá nunca me haría daño”. El amor de un padre es inigualable; al menos, eso es lo que se cree.
En una época en que los trenes inundaban Ontario, y la economía de nuestra provincia dependía en mayor medida a la creación de líneas ferroviarias para el transporte de productos, un poblado cerca del túnel Screaming, como se conoce hoy en día, sería testigo de la insensibilidad humana.
No se tiene un nombre, pero sí una leyenda tras su muerte. Ella era una niña en un poblado cerca del túnel Screaming en el cual vivía junto a su padre, quien se dedicaba a dar mantenimiento a las vías de trenes.
Tras cumplir los 7 años perdió a su madre, acontecimiento que daría inicio al martirio de esta pobre niña.
Su padre, con un fuerte problema de alcoholismo, la torturaba; por ejemplo, una noche la llevó al granero donde la enterró, dejándole solo el rostro y un tubo por donde respirar. Al desenterrarla, orinó dentro del tubo para después dejarla tirada en su casa.
¿Por qué el maltrato? Según su padre, esa niña era el demonio; un ser despreciable que únicamente entendía con castigos severos.
En uno de sus castigos, el padre le rompió una costilla a la niña; la cual, atravesó su pulmón, dejándola muerta en el acto. En su desesperación por no dejar pruebas del homicidio, el padre decidió prenderle fuego al cuerpo.
Al consumirse el pequeño cuerpo de una niña con desnutrición, el padre llevó las cenizas al túnel donde las dejó.
Eso pasó hace mucho tiempo; sin embargo, hay una forma de contactar a esta niña. Se dice que si llegas al puente de noche y en completa obscuridad prendes un cerillo, un fuerte grito de una niña apagará tu fuego.
¿Te atreves a comprobarlo?
La última estación
¿Quién no ha sentido esa sensación de no estar solo a pesar de ser el único pasajero en el vagón?
Es el último viaje de la noche, la estación se encuentra sola y un frío sin precedentes inunda tu cuerpo. Tratas de darte calor, pero nada, ni un trago de tu café caliente logra calentarte.
Te encuentras en la estación Bay. Tras el aparente retraso del metro, una mujer de rojo se para a tu lado. No logras distinguirle el rostro; sin embargo, no le pones atención, ya que el frío te ha penetrado hasta los huesos, haciéndote sufrir un dolor como si cada uno se fracturara poco a poco.
Volteas a ver si el metro ya viene, la luz se ve acercándote, pones atención a la mujer que se encuentra a tu lado de rojo; en ese momento voltea a verte.
Sin ojos y una mueca de infinita tristeza grita para después aventarse cuando el metro se encuentra más cerca.
En realidad, el viaje viene a tiempo, el frío que sientes ha desaparecido y no hay rastros de un suicidio o de algo que denote donde se encuentran los restos de esta mujer de rojo.
Así es, acabas de compartir la estación con la que se cree, es la materialización de la tristeza vivida por las personas que se han quitado la vida en esa estación.
El visitante
Mi abuela es una mujer que con los años ha perdido la memoria. A veces nos pregunta dónde está, o cómo llegó a la sala o el comedor.
A pesar de sus lagunas mentales, disfruto de platicar con ella. Platicarle de mi día en la escuela y como me ha ido con las materias. Le muestro fotos familiares esperando que no nos olvide.
Los días transcurrían, como siempre, la rutina de llegar a casa, saludar a mi abuela y esperar a que mis padres llegarán. Sin embargo, un día, al saludar a mi abuela, ella solo pregunta por Arthur y cuando volvería. Sinceramente, pensé que era parte de su demencia, por lo que únicamente le dije que pronto.
Esta no sería la única vez que escuchara este nombre, desde ese día se volvió rutina para ella preguntar por Arthur. Mis papás, al igual que yo, creemos que era el nombre de un amigo, del cual se acordaba de repente.
No le dimos importancia; sin embargo, un día que salí temprano de clases me dirigí a la casa. Al llegar, la puerta estaba abierta.
Entre sigilosamente, pero en el comedor mi abuela reía junto a un hombre de traje, sombrero y piel grisácea.
Sin aliento, mi abuela me dijo que me acercara. El hombre estiró su mano y se presentó: “Hola pequeño, soy Arthur. Mucho gusto”.
No se distinguía una facción real de su rostro; sin embargo, podría jurar que sonreía. No pude ocultar mi miedo por lo que solté mi mano y me dirigí a la cocina.
Desde el cristal podía ver como mi abuela reía con este hombre extraño. En mi miedo, le marqué a mis padres.
El celular marcaba no tener señal; por lo que al caminar para tratar de salir de la cocina este hombre de traje se paró en la puerta mirándome, eso sentí, fijamente.
“Tranquilo niño, ya no vendré más. Fue un gusto conocerte.” El hombre caminó a la puerta y desapareció al tocar el pomo.
Marque a mis padres para contarles lo sucedido. Obviamente, llegaron rápido por el miedo a un intruso; sin embargo, hasta el día de hoy no se ha sabido nada de este hombre de traje.
Mi abuela falleció hace algunos meses y estoy seguro de que Arthur fue a despedirse del cuerpo, ahí lo podía ver a lo lejos viéndome fijamente. Ahora ya tienes material para las fogatas. Recuerda disfrutar esta época del año que es la mejor de todas. Hasta la próxima.