Cuando la vida pone a prueba nuestra fortaleza, algunas personas deciden desafiar lo imposible. Esta es la historia de Tarot Stephens, una torontonense que transformó su lucha contra el cáncer de mama en una aventura épica hasta la cumbre del monte Kilimanjaro, y que hoy se ha convertido en un símbolo de esperanza para la comunidad latina en la ciudad.
Del diagnóstico al desafío
Todo comenzó hace cinco años, cuando un aparente “piquete” en el pezón llevó a Stephens –entonces de 29 años– a una biopsia que reveló carcinoma ductal invasivo de grado 3, una de las formas más agresivas de cáncer de mama. El golpe fue doble: la enfermedad ya corría en su familia y se presentaba a una edad inusualmente temprana: la mayoría de los casos se detectan después de los 50, aunque los diagnósticos en mujeres de 20 y 30 años van en aumento.
El camino que siguió fue tan exigente como una escalada: quimioterapia intensiva, mastectomía doble, reconstrucción y medicación que induce la menopausia durante al menos un lustro. No obstante, Stephens vio el final de su tratamiento como la oportunidad de marcar su “quinto año de remisión” con algo tan grande como su victoria personal.
¿Por qué Kilimanjaro?
Con 5 895 metros sobre el nivel del mar, el Kilimanjaro es la montaña independiente más alta del planeta y la cima más alta de África. Representa, además, un crisol de ecosistemas: selva tropical, matorral alpino, desierto y hasta un glaciar ártico en el Uhuru Peak. Para Stephens, esta transición de paisajes imitaba las etapas físicas y emocionales de su tratamiento oncológico.
Un reto médico y logístico
Aunque la ruta de ocho días por la vertiente Machame suele completarse en nueve, ella lo hizo en menos tiempo y con un añadido: reciente cirugía de rodilla. Para compensar la debilidad en la articulación derecha, tuvo que reforzar también la izquierda con rodillera y fisioterapia previa.
Sus entrenamientos incluyeron caminatas de larga distancia en Ontario, sesiones de fuerza para cuádriceps y glúteos, ejercicios de respiración a gran altitud y, sobre todo, preparación mental: visualizar cada tramo —día de lluvia, noche helada, paso de roca suelta— para no sorprenderse en la montaña.
La expedición día a día (resumen)
Día 1–2: Selva lluviosa hasta Machame Camp (2 835 m). Humedad, lodo y el canto de colobos blancos.
Día 3–4: Transición al páramo y las formaciones de lava de Shira Plateau. Aquí el oxígeno ya es 30 % menor.
Día 5: Paso por la Lava Tower (4 600 m) y descenso táctico a Barranco Camp para aclimatación. La pared Barranco —un muro de 300 m— es un infierno vertical al amanecer.
Día 6–7: Terreno pedregoso y gélido hasta Barafu, el campamento base de ataque (4 673 m). Cena a las 17 h, siesta y salida a medianoche con -15 °C.
Día 8: Tras seis horas de ascenso nocturno, amanecer sobre África en Uhuru Peak (5 895 m). Lágrimas, silencio, gratitud.
Comunidad Kilimanjaro: guías y porteadores
Nadie sube solo. Stephens contó con Winny, su guía tanzana, y un equipo de porteadores que cargaron tiendas, agua, comida y botiquín. En la cultura de montaña local se les llama “kilimanjari” y pueden transportar hasta 20 kg sobre cuello y cabeza. Tradicionalmente se canta el Jambo Bwana para motivar a los viajeros; ella lo aprendió y lo cantó con ellos la última noche. Entre rutas, compartieron historias, bailes y un suajili básico que ahora atesora.
Más que una cumbre: concientización y recaudación
La aventura también sirvió para lanzar la campaña “Summit of Strength”, que canaliza fondos hacia Rethink Breast Cancer, organización canadiense que apoya a mujeres jóvenes con diagnósticos tempranos. Cada metro ascendido equivalía a dólares recaudados; al regresar, superó su meta inicial y continúa promoviendo autoexploraciones mamarias entre amistades y seguidoras.
El regreso y lo que viene
Nada más tocar suelo firme, llamó a su madre para compartir la noticia. El momento fue agridulce porque la logística del hotel la separó rápidamente de su “familia” de montaña; sin embargo, consiguió reunirse con ellos al día siguiente para un adiós lleno de cantos y abrazos.
Hoy, con 34 años, Tarot Stephens planea un periodo de descanso para sus articulaciones, pero ya mira hacia el Himalaya: “¡Próxima parada, Campo Base del Everest!” bromea. Su objetivo real es seguir viajando, conectando culturas y, sobre todo, recordándonos que la cima más dura ya la escaló dentro de sí misma.
Lo que podemos aprender
• La autoexploración temprana salva vidas.
• La resiliencia se entrena: cuerpo, mente y comunidad.
• Cada victoria personal puede transformarse en plataforma colectiva.
Si algo nos deja la travesía de Stephens es que, con propósito y apoyo, ninguna altura es inalcanzable. Su historia resuena especialmente entre los latinos de Toronto, recordándonos que, aun lejos de nuestras montañas natales, podemos conquistar cualquier pico que nos propongamos.