Hace veinticinco años, los atentados del 11 de septiembre estremecieron al mundo y
provocaron una oleada de miedo e incertidumbre, especialmente entre las comunidades
musulmanas de Norteamérica. Sin embargo, en la remota provincia canadiense de
Terranova y Labrador, ocurrió algo que vale la pena recordar: la población local se
movilizó para proteger y acompañar a sus vecinos musulmanes. El presidente de la
Muslim Association of Newfoundland and Labrador (MANAL), Haseen Khan,
comparte cómo aquel gesto de solidaridad marcó el presente de la comunidad y qué
enseñanzas pueden inspirar a otros colectivos minoritarios —incluida la creciente
comunidad latina de Toronto— a forjar alianzas auténticas.
El impacto inmediato del 11-S en St. John’s
El 11 de septiembre de 2001, mientras el mundo observaba incrédulo las imágenes de
Nueva York, los musulmanes de St. John’s sintieron una mezcla de dolor, miedo y
vulnerabilidad. Khan recuerda el silencio en la pequeña mezquita situada en la
avenida Logy Bay: “Nos preguntábamos si nuestra seguridad estaba garantizada y
si podríamos seguir practicando nuestra fe sin temor”. Las noticias sobre
ataques islamófobos en otras partes de Norteamérica llegaban a la costa atlántica
con velocidad, incrementando la ansiedad.
La respuesta inesperada de la comunidad local
En lugar de darle la espalda, los residentes de Terranova y Labrador actuaron
con rapidez. Según Khan, surgieron tres gestos claves de apoyo:
1. Vigilias interreligiosas
Iglesias anglicanas, católicas y un templo judío organizaron vigilias conjuntas
para honrar a las víctimas y repudiar cualquier forma de odio. Miembros de la
mezquita fueron invitados a hablar y leer plegarias, enviando un mensaje claro:
«El terrorismo no representa al islam».
2. Acompañamiento cotidiano
Voluntarios locales se ofrecieron a acompañar a mujeres musulmanas que
llevaban hijab en sus trayectos diarios, especialmente durante las primeras
semanas posteriores a los ataques. No se reportó ningún incidente violento en la
ciudad, algo que Khan atribuye a esta presencia visible de aliados.
3. Mensajes públicos de las autoridades
El entonces alcalde de St. John’s y la policía regional emitieron
comunicados subrayando la tolerancia cero ante crímenes de odio.
Estas declaraciones oficiales reforzaron la percepción de que el hostigamiento
no tendría cabida en la provincia.
Cómo evolucionó la vida musulmana en la provincia
Hoy, la comunidad musulmana en Terranova y Labrador supera las
5 000 personas, comparadas con unas pocas centenas en 2001.
Khan destaca hitos que surgieron gracias a aquel clima de apertura:
- Construcción de un nuevo centro islámico con aulas de idiomas y biblioteca.
- Programas de open mosque, donde vecinos no musulmanes visitan la mezquita
para aprender sobre la fe y compartir alimentos. - Convenios con Memorial University para asesorar a estudiantes
internacionales provenientes de países de mayoría musulmana.
Desafíos que persisten
No todo ha sido sencillo. Khan reconoce que existen microagresiones y desinformación
en redes sociales. Además, la llegada de refugiados sirios en 2015 puso a prueba la
capacidad de la provincia para ofrecer vivienda y empleo. Sin embargo, la
experiencia posterior al 11-S sentó las bases para una respuesta coordinada
basada en la hospitalidad.
Lecciones para la comunidad latina de Toronto
Toronto alberga la mayor diáspora latina de Canadá y, como cualquier minoría,
enfrenta estereotipos y barreras lingüísticas. La historia de Terranova y
Labrador ofrece tres aprendizajes clave:
- Cultivar aliados fuera de la comunidad: establecer lazos con
líderes religiosos, políticos y vecinales antes de que surja una crisis. - Visibilidad positiva: abrir espacios culturales —fiestas
patrias, ferias gastronómicas— donde la gente pueda conocer de primera mano la
riqueza latina. - Respuesta colectiva al odio: denunciar y documentar
cualquier incidente discriminatorio, mostrando que la agresión contra uno es
un ataque a todos.
Conclusión
A dos décadas y media de los atentados del 11-S, la experiencia de la
comunidad musulmana de Terranova y Labrador demuestra que la
solidaridad cotidiana puede convertirse en un antídoto poderoso
contra el miedo y la desconfianza. Para los latinos de Toronto —y para cualquier
colectivo diverso—, mirar este ejemplo es recordatorio de que el Canadá plural que
anhelamos se construye con gestos concretos de apoyo mutuo, diálogo
intercomunitario y un compromiso inquebrantable con la dignidad humana.