Cuando pensamos en Canadá, imaginamos vastas extensiones verdes y fauna abundante. Sin embargo, en el Parque Nacional Gros Morne, en la costa oeste de Terranova y Labrador, esa imagen idílica tuvo un duro revés: una población de alces descontrolada llevó a los bosques a su límite. Hoy, un proyecto titánico de reforestación —1,25 millones de plántulas— busca restaurar el equilibrio perdido. Esta es la historia detrás de ese desafío y por qué importa incluso a quienes vivimos a miles de kilómetros, en Toronto.
¿Cómo llegaron tantos alces a Terranova?
Los alces (Alces alces) no son nativos de la isla de Terranova. Fueron introducidos a finales del siglo XIX para promover la cacería deportiva y, por supuesto, como fuente de carne. Con pocos depredadores naturales y abundante alimento, la población explotó: se estima que alcanzó una de las densidades más altas del planeta, superando los 150.000 ejemplares.
El costo ecológico de un éxito demográfico
Al multiplicarse, los alces se convirtieron en voraces jardineros involuntarios. Sus comidas favoritas son plántulas de abeto balsámico, abedul y arce —justo las especies que sostienen el dosel forestal de Gros Morne. Al devorarlas durante décadas terminaron por crear “paisajes en pausa”: extensas áreas donde los árboles jóvenes no alcanzan la altura suficiente para regenerar el bosque.
La pérdida de cobertura arbórea impacta otros niveles del ecosistema:
- Disminuye el hábitat para aves forestales como el zorzal ermitaño y el picamaderos norteño.
- Reduce la capa de hojarasca que retiene humedad, afectando anfibios y pequeños mamíferos.
- Altera los ciclos hidrológicos, incrementando erosión y riesgo de inundaciones locales.
El plan: plantar 1.25 millones de árboles nativos
Para revertir décadas de sobrepastoreo, Parks Canada lanzó un plan multianual de restauración. Su meta: introducir 1,25 millones de plántulas cultivadas en invernadero y protegidas con cercas temporales hasta que superen la “línea de mordida” de los alces (alrededor de 1,5 m).
Etapas del proyecto
- Propagación: Semillas de abeto balsámico, abedul amarillo y picea negra germinan en viveros de Rocky Harbour.
- Plantación selectiva: Equipos de temporada ubican las plántulas en zonas más degradadas, priorizando corredores de biodiversidad.
- Monitoreo ecológico: Científicos como Darroch Whitaker registran crecimiento, supervivencia y biodiversidad asociada cada verano.
- Apertura de cercos: Una vez que los tallos superan 2 m, se retiran las barreras y se deja que la naturaleza continúe.
¿Funciona la estrategia?
Los primeros sitios vallados hace una década ya muestran brotes de recuperación: el dosel se cierra, vuelve el musgo espeso y la avifauna forestal aumenta. Sin embargo, la reforestación masiva es solo la mitad de la ecuación; el parque también redujo la densidad de alces mediante cacerías controladas y programas de contracepción experimental.
¿Por qué debería importarle a la comunidad latina en Toronto?
Más allá de la belleza escénica, Gros Morne es Patrimonio Mundial de la UNESCO y un laboratorio viviente para entender la resiliencia de los bosques boreales, un bioma que cubre 30 % de Canadá. Lo que se aprende allí:
- Ayuda a diseñar planes de manejo para parques urbanos del GTA donde sobrepoblaciones de ciervo cola blanca ya dañan la flora nativa.
- Contribuye a las políticas climáticas nacionales; los bosques sanos son sumideros cruciales de carbono.
- Fortalece la economía verde: viveros, ecoturismo y empleos de restauración a los que también acceden nuevos inmigrantes.
Mirando al futuro
Si el proyecto alcanza sus metas en 2030, Gros Morne volverá a lucir bosques densos y complejos, capaces de soportar alces en números equilibrados. El mensaje es claro: cuando la intervención humana rompe un ecosistema, la ciencia y la voluntad colectiva pueden repararlo.
Para los latinos que amamos la naturaleza canadiense, apoyar y difundir iniciativas como ésta —desde voluntariados hasta turismo responsable— es una manera tangible de retribuirle a esta tierra de oportunidades verdes.