Si alguna vez has explorado las Islas de Toronto en kayak o canoa, puede que te hayas topado con un islote perfectamente circular que parece salido de una postal. Aunque hoy luce como un tranquilo estanque rodeado de verde, este lugar —conocido oficialmente como Settling Basin— fue el corazón de un ambicioso proyecto del siglo XIX que buscaba suministrar agua potable a una ciudad en rápido crecimiento. Esta es su historia.
Un anillo artificial escondido entre las Islas de Toronto
Situado en Long Pond, frente a la pequeña Mugg’s Island, el Settling Basin destaca en los mapas por su forma de anillo casi perfecto. Lejos de ser un capricho natural, se trata de una obra de ingeniería levantada entre 1873 y 1877 como parte de la primera red municipal de agua que intentó construir la ciudad.
La urgencia por agua potable en el siglo XIX
A mediados de 1800, Toronto experimentaba un crecimiento explosivo. Tan solo en 1847 llegaron más de 38 000 inmigrantes irlandeses huyendo de la hambruna, triplicando la población en pocos meses. Las empresas privadas que vendían agua no daban abasto, cobraban tarifas “exorbitantes” y la calidad era, en muchos casos, peligrosa. Para 1872 las autoridades municipales aprobaron por fin un sistema público capaz de abastecer al triple de los 68 000 habitantes de entonces.
El plan: un sistema municipal con “balsa de sedimentación”
Los ingenieros evaluaron varias fuentes: los ríos Don y Humber, el contaminado puerto, e incluso el lejano lago Simcoe. La alternativa más económica fue captar agua del lago Ontario, pero llevar una toma varios kilómetros mar adentro resultaba impracticable con la tecnología de la época. Se optó por algo más asequible: un infiltration basin (balsa de infiltración) en las Islas de Toronto. Allí, el agua entraría de forma natural y, en calma, las partículas pesadas se depositarían en el fondo antes de ser bombeada a la ciudad.
Cómo se construyó el proyecto (1873-1877)
El diseño inicial preveía una capacidad de 20 millones de galones imperiales, pero el presupuesto obligado recortó la cifra a solo la quinta parte. El componente clave era la propia balsa circular, conectada mediante:
• Una tubería de madera de 48 pulgadas que atravesaba Blockhouse Bay.
• Un conducto principal de hierro fundido de 36 pulgadas hasta la estación de bombeo en el pie de la actual John Street.
Problemas técnicos y primeras señales de desastre
Casi nada salió según lo planeado. La tubería de madera se colocó sin suficiente recubrimiento y flotó a la superficie al año siguiente. El estanque, por su parte, resultó demasiado pequeño para filtrar el volumen previsto y debieron excavar canales adicionales en 1877. Las tormentas arrastraban troncos y lodo que obstruían el sistema, y las reparaciones se volvían interminables.
El abandono y lo que quedó
En 1878 ya se hablaba de clausurar la instalación. Finalmente, en 1881 se instaló una tubería de madera de 6 pies de diámetro que captaba agua directamente del lago a 25 pies de profundidad, unos 2 km mar adentro. El Settling Basin quedó relegado a fuente de emergencia y se usó por última vez en 1911. Desde entonces, el islote fue absorbiendo vegetación hasta convertirse en el apacible estanque que vemos hoy.
Lo que aprendimos y la herencia del proyecto
El fracaso sirvió de lección. Las plantas modernas de Toronto, como la emblemática planta R.C. Harris inaugurada en 1932, bombean agua desde tomas situadas hasta 5 km dentro del lago y aplican procesos de desinfección, coagulación y sedimentación bajo techo o bajo tierra. El principio, sin embargo, sigue siendo el mismo que se ensayó en la pequeña isla: dejar que los sólidos se asienten antes de una filtración más fina.
La próxima vez que llenes tu vaso con agua del grifo, recuerda aquella “dona” verde escondida entre las Islas de Toronto: un experimento que fracasó, pero allanó el camino para que hoy disfrutemos de agua limpia y segura en la ciudad.